domingo, 4 de octubre de 2026

El amigo imaginario

Con la luz encendida me sentía, de alguna forma, acompañado; así, la oscuridad no me aplastaría con su enorme desamparo. Había sido una mañana de juegos, por lo que la excitación y el cansancio nos condujeron a la cama. Mi amigo era aficionado a las arañas y cada vez que podía las atrapaba y las encerraba en frascos de colores. Yo, en cambio, siempre les tuve terror y cada vez que podía tiraba los frascos para liberarlas. Las veía subir a las esquinas y quedarse ahí, inmóviles, multiplicando nuestra imagen tantas veces que daba miedo vernos reflejados en sus ojos. Por lo menos hoy nos dejaron tranquilos; pudimos trepar, saltar y arrastrarnos por toda la casa. No querían aceptar que tuviera un amigo imaginario. Pero hoy habían reducido las drogas como un obsequio por ser el día de su cumpleaños. Aun así, no habían notado la espantosa palidez de su piel ni la tos persistente que le sacudía su pobre cuerpo. El malestar lo hizo sentarse en el borde de la cama. Me miró por un momento como para refugiarse en un recuerdo agradable. Estaba fatigado y solo pudo confiarme su último pensamiento. «Gracias», susurró con voz infantil, para cerrar para siempre los ojos. Lo abracé tiernamente y me deslicé como una voluta de humo hacia otra casa donde hubiera otro niño que quisiera jugar conmigo.

 

 

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