martes, 17 de abril de 2018

Una mujer


Una mujer se encierra en una habitación, enciende las lámparas, ensaya diferentes poses, le desagradan las sombras que envejecen su rostro, no es la realidad que desea percibir de ella misma, está empecinada en fotografiar algo más atemporal, sin la rigidez que acompañan los autorretratos. Apaga las luces, en la oscuridad enciende un cigarrillo, se convierte en una observadora pasiva. Las imágenes parecen cápsulas del tiempo, se proyectan a una velocidad de un segundo por un segundo, día tras día, desde la primera fotografía hasta la última. Enciende la luz cenital y de pronto se siente completamente iluminada, encuentra en ese baño de luz una nueva concepción del espacio y el tiempo. No ha cambiado la historia de nadie, pero ha dejado vestigios, mensajes físicos, desgastados y rotos debido al paso de los años. Levanta la vista, frunce el ceño, no deja de pensar que dentro de poco tiempo se convertirá en otra fotografía antigua y que desaparecerá como los carruajes, las farolas, los hilos telegráficos, los antiguos caballeros y las virtuosas doncellas. Por eso no quiere ser captada con cara de nostalgia, así que acciono la cámara y puso su mejor cara de puchero.

lunes, 12 de febrero de 2018

Lázaro

El cuarto era estrecho, sofocante, como el hueco de un árbol petrificado. Una pequeña luz colgaba del techo, blanca e intermitente como los sueños de los puros. Una humilde mujer estaba cosiendo y sus manos temblaban mientras alisaba la tela. El sonido de la máquina de coser susurraba, imperturbable, la misma conversación, para que no estuviera tan sola delirando tristes monólogos. Movía la boca, envejecida, parecía que estaba contando las veces que el hilo entraba y salía de la tela. Su esposo estaba muerto. Lloraba a gritos, a gritos en su cara y tomando sus manos frías, tiesas, de aquel cuerpo que solo la miraba. Lo quería de vuelta, no se conformaba con su muerte, no soportaba el abandono. Pero no sabía si era dolor o costumbre aprendida. Su mundo de había oscurecido. En aquel pequeño cuarto vagaban sombras perdidas y fantasmas que fueron encontrando camino. Se guiaban por el martilleo de la aguja, intermitente, como el llamado de un campanero.

A tres días de su muerte, Lázaro volvió para quedarse a su lado, llegó de noche, sin ventiscas ni sueños premonitorios, sin advertencia ni divinidad. Antes de que su lápida tuviese nombre. Su esposo había regresado, sucio, con olor a tierra agusanada, todavía con moho entre los dientes. Con esa misma suciedad en la boca la besó para agradecerle la devoción de sus rezos. La besaba camino a la cama. Cerró los ojos mientras la desnudaba, trató de rechazarlo con ternura, pero la mujer, buena y abnegada, cedió, ajena a toda voluntad, ante el reclamo del esposo y del cielo que se lo regresaba. Pensaba que no todos los monstruos eran tan repugnantes. Entonces se reclinó en su pecho y escondió el rostro. No era un hombre bueno, tampoco malo, era una persona tan común como la mayoría. Él la arropó con su propia sombra y se pusieron a orar como dos chiquillos extraviados.

Ellos trataban inútilmente de enhebrase a su nueva vida. Era tan doloroso como el pinchazo de una aguja. Él seguía con la atención distraída, silencioso, con esa mirada fija, perdida por completo en otra cosa, como un ángel enfermo. Ella dejó de ir a la iglesia, pues vagamente comprendía el milagro sucedido, un milagro que aceptaba sobrecogida por el temor de su pequeñez. El sacerdote daba explicaciones inconcebibles, la mayor parte de las veces apocado por el horror, temeroso de la broma macabra de la muerte, muy lejos de la disciplina apostólica. Dando paso a la resignación cristiana y a la alta bienaventuranza. Muy a su pesar, la mujer de Lázaro dejó de inclinarse ante las dolorosas imágenes. Se le habían olvidado las viejas oraciones, las que rezaba con tanto fervor. Nunca más se persignaría ni confesaría. Dejaría de ser una alma buena, solo así podría tener, por fin, un poco de paz, pues todas las noches deliraba y lloraba de fatiga y de sueño, un sueño que nunca llegaba para mitigarle la pena. Caminaba ajena al mundo, como si estuviera cargando una agonía ajena, invisible, enredada en sus pies y engarruñada sobre la espalda.

Lázaro contemplaba la angustia de su esposa con una mirada fría. En las noches podía sentir el llanto de su mujer, pero las lágrimas se arremolinaban confusas, lejanas, incomprensibles para su alma. No recordaba haber estado en un reino de fuego. Nadie lo recibió o expulsó del otro mundo. Simplemente alguien lo regresó a ese humilde cuarto. No hubo recompensa en la resurrección, ni tampoco estuvo ante el tribunal divino para que castigara o premiara su vida. Regreso a casa, a la pobreza, a los sollozos callados, al rechazo y al miedo. En algunos instantes de lucidez recordaba la paz en la oscuridad del universo, de ese tiempo, incontable, de una caverna en algún mundo lejano, donde las almas no tienen edad, ahí perdido entre la profundidad de la penumbra, entre las estrellas y la tierra, alguien corto su deseo de no regresar nunca jamás.

Lázaro intentó el suicidio, incontables veces, pero la única puerta había cerrado. En ocasiones su alegría duraba un instante, cerraba los ojos con una sonrisa interminable, esperando, tocando febrilmente las paredes mudas. Entonces una oleada de calor, llegaba abrazante, y curaba todas sus heridas. Durante días permanecía oculto entre las sombras, como una gárgola, riendo en silencio. Mientras su mujer continuaba con sus labores, cortando, hilvanando, cosiendo mecánicamente, con la pasividad de una monja. No tenía más lágrimas, sus ojos estaban secos, había perdido toda la fortaleza de su espíritu. En las mañanas despertaba con un leve temor de su mortalidad. Cientos de preguntas rondaban su cabeza, pero solamente dos la inquietaban, ¿También sería expulsada del cielo cuando muriera? ¿Sería otro milagro o una aberración de la naturaleza?

Sobrevivieron los inviernos ausentes de fe. La gente olvidó que alguna vez hubo un milagro, perdiéndose en la memoria hasta convertirse en un lejano rumor. Todos los días aparecían los rostros de unos ancianos, entrando y saliendo sin saludar a nadie. Eran dos almas solitarias entregadas a la rutina. Su cabello cano les proporcionaba una especie de santidad. De vez en cuando una modesta sonrisa iluminaba sus apagados ojos. Eran dos viejos vistiendo eternamente de luto. Sus cuerpos se confundían, en algunos momentos parecían tener la misma figura, pues caminaban como sombras sin hacer ruido. Habían aprendido a no revelarse, era inútil, estaban atados a la voluntad de otro, como si fueran parte de un sueño. Ese otro que se convirtió en cruel titiritero, el cual manejaba los hilos de la vida y la muerte, pareciese un divertido bromista, quien inventaba juegos para no aburrirse dentro de su agobiadora soledad.

Los niños jugaban alrededor de ellos, siempre ruidosos, inocentes y ajenos a los prodigios divinos de un invisible dios. 

Plenilunio amoroso

Impávida a los furiosos golpes de sonámbulas piedras
adormecida por guijarros lanzados a la mar nocturna
vive encadenada al lazo invisible del eterno destierro
navegando errante del suspiro menguante al lleno.

Los hombres contemplan su rostro en el agua mansa
en esa brevedad casi infinita del sueño interrumpido
de húmedas miradas entre el peine y el negro espejo
las letras transmutan al papel en amorosas chanzas.

Sutilmente inflama a los amantes deseos henchidos
redondea las transparencias con el dulce mohín del velo
encendiendo gemidos que se pierden en cráteres sin eco
fugados de los vaporosos litorales de un balcón celestino.

Desdoblada la blancura de seda del níveo lecho albino
descubre el naufragio amoroso de una sirena y un marino
ahogados en la inconciencia gozosa de la luz y la sombra
nunca podrán salir del acuoso laberinto que los encierra.

El enfebrecido arrebato termina con resinosa fertilidad
engendrando afrodisíacos sonidos como voluptuosa lira
entreabriendo una metáfora inmutable de tragedia griega
donde inmortales lunas se pierden entre la gibosa espuma.

Amor entre desconocidos

Y sin embargo sé que no eres mía
las luces de un hogar ajeno a que me aferro
me agarro de la promesa de un beso
beso encendido de un mujer desconocida.

Porque he visto en ti algo que no olvido
de amores infestados de amarga confidencia
y que ilumina con una luz desconocida
los encuentros febriles de dos seres perdidos.

Eres alguien que se deja conducir suavemente
hacia una intimidad profundamente desnuda
en la mente de este tu lento y perezoso amante.

Amor no te vayas ni tampoco te desvanezcas
porque a veces sucede en lo imposible
lo extraordinario
dos desconocidos al tocarse van al 
mundo incendiando.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Añoranza


Las primeras pruebas resultaron un completo fracaso, las imágenes tendían a desparecer después de pocos minutos, sólo algunos pequeños fragmentos permanecían por más tiempo, pero inevitablemente, por el calentamiento de los proyectores, empezaban a pixelearse hasta convertirse en figuras grotescas y borrosas. Todos los recursos del procesador central estaban siendo utilizados, con millones de fotografías y videos, para crear el ambiente navideño perfecto. El proyecto resultaba ambicioso porque sería el mayor parque de diversiones holográfico del mundo. Cualquier persona podría pasearse virtualmente por las ciudades más emblemáticas de esta temporada. Visitarían Nueva York, Londres, Madrid, Paris, pero sin aglomeraciones ni empujones ni robos. Pasearían por calles bellamente iluminadas, sentirían la nieve resbalar por el rostro en un ambiente helado y controlado, gracias a la tecnología mejorada 6DX. Las compras las realizarían con sólo tocar las imágenes y los regalos estarían colocados en el árbol cuando felizmente la familia regresará a casa. Sin embargo, todo estaba saliendo mal, la nieve caía en grandes proporciones enterrando las ilusiones navideñas y alguno que otro niño, las compras eran cargadas hasta cinco veces y Santa Claus resultó ser un hábil hacker que logró evadir los sistemas de seguridad. A pesar de las perdidas la compañía VIRTUAL CHRISTMAS seguía trabajando a marchas forzadas, pues con las constantes guerras no quedaban más que cenizas de las viejas ciudades y tras un exhaustivo trabajo de mercadeo habían detectado que la gente pagaría lo que fuera para vivir, por una hora, la extinta festividad de la Navidad.

sábado, 25 de noviembre de 2017

El sonido de los trenes

Fuimos nómadas dentro de la ciudad, nos movíamos al ritmo de la mancha urbana, siguiendo las vías ferroviarias y el crecimiento de los nuevos barrios, pues de la noche a la mañana aparecían fraccionamientos y con ellos una creciente demanda de trabajadores para acondicionar los nuevos hogares. Cierto, yo no fui de los afortunados, era integrante de una familia de carpinteros, un oficio heredado por generaciones para dar belleza a la caoba, el pino y el cedro. En la carpintería, además de la radio, nos acompañaba el sonido de la locomotora México - Guadalajara, cuyo silbato anunciaba el inicio de la rutina diaria. Fui muy bueno en el fútbol y las puertas de nuevas amistades, buenas y malas, se me abrían entre gambetas, pases y goles a porterías improvisadas en las vías del tren. Fueron de esos días en que podías caminar sin miedo a altas horas de la noche. La gente era amable y encontrabas una sonrisa franca y un caluroso saludo. Viajábamos en tren, pues la red carretera era incipiente y en malas condiciones. Los trenes dominaban el paisaje de México, la campiña se llenaba de los vapores y el metálico sonido de las locomotoras. Mis delicias culinarias estaban preparadas en las paradas de los poblados, como Celaya, León y Silao, donde decenas de vendedoras mitigaban el hambre y el antojo con tortas, tacos, café y atole. Fue un tiempo de suelas y medias suelas para reparar los zapatos, de la ropa hecha en casa, de las comidas en familia, del baño a jicarazos, el agua se tomaba directo del grifo de la llave. A pesar de la pobreza, siempre se agradecía el alimento, el trabajo y la oportunidad de tener un día más de vida, pero sobre todo recuerdo la dulce sonrisa de mi abuela, la tierna dureza del abuelo y que a pesar de sus limitaciones me hayan enseñado a ser un hombre de bien.

miércoles, 18 de octubre de 2017

Leyenda de los niños atrapados en el temblor


Cada otoño los bosques de oyameles y pinos ensordecen, con aires polares, los cantos de veraniegos pájaros. Inicia la temporada del silencio sepulcral, las oraciones nocturnas y los rezos humedecidos por el aliento de los difuntos. Los santuarios cubren de estremecedores vapores los panteones para adornar de misterio el retorno anual de los muertos.
El universo sincroniza el tiempo de la mudanza y del continuo movimiento, improbables o imposibles que se da entre la vida y la muerte. Aunque toda perfección tiene sus infaltables grietas, las cuales dejan diminutos y aberrantes intersticios que, nos guste o no, utilizan espíritus chocarreros para provocar bromas macabras.
Una de estas deslumbrantes criaturas, María Carlota Amelia, con locura inacabable, vaga entre los largos pasillos del Castillo de Bouchout y las terrazas del Álcazar de Chapultepec, cargando con angustiosa demencia un corazón y una bala. Pobre alma, huérfana de una carroza real, aún continúa con alas propias, convertida en mariposa aturdida, buscando el cuerpo de su amado Maximiliano, porque el cadáver embalsamado, el cadáver entregado, no era el de su marido.
Y sucedió lo improbable en el infinito y continuo movimiento del universo, en el año 2017 un fuerte terremoto sacudió la Ciudad de México y como mal presagio aconteció lo imposible. Mamá Carlota quedó atrapada bajo toneladas de escombros. La oscuridad la cegó y sin un punto de luz no podía abrirse paso entre las tinieblas. Porque todos los ectoplasmas necesitan una hoguera encendida que las guíe dentro de la oscuridad. Por lo que ella, la antigua soberana, revivió el miedo del primer entierro, cuando la loza de mármol sepultó su inmaculado cuerpo.
Cuando escuchó los primeros golpes, pudo gritar, solemne, "Soy María Carlota de Bélgica, emperatriz de México y de América", pero no lo hizo, a pesar de su locura, pues conocía las supersticiones y los miedos que llenan los corazones de los mexicanos. Hubieran huido, se hubieran santiguado mil veces y llamado a un sacerdote o un cardenal para santificar esta tierra maldita. Simplemente esperó con paciencia el sonido sordo de los marros sobre el concreto. Entonces una sonrisa, casi infantil, encendió su espíritu con viva esperanza. 
Después de horas, el destello metálico del cincel la sacó de sus cavilaciones. — Sálvenme, estoy aquí atrapada — gritó con voz de niña. — Quédate quieta pequeña, ya estamos cerca — susurró el rescatista por miedo a quedar también enterrado.
Mientras el rescate continuaba se estableció un diálogo precario e impreciso. El fantasma adoptó otro nombre, más dulce, tan pegajoso como el polvo de la devastación. En tanto, el rescatista, cansado, cayó bajo el influjo del hechizo. Repitió el nombre a sus superiores, acercó al hueco un poco de agua, sintió tocar unos dedos y los besó con delicadeza. Nunca supo que con su linterna guío el camino de salida al espíritu atrapado.
Siguieron los trabajos y no se encontró el cuerpo, ni una voz, ni unos dedos, solamente, escondida entre las losas, una antiquísima y reluciente caja de palo de rosa. En tanto, los fantasmas que fueron rescatados siguen su camino hasta los bosques de Michoacán y los vivos sumaran una leyenda más, en esta ocasión, el cuerpo de una niña que al tratar de sacarla de los escombros nunca fue hallado.