viernes, 4 de agosto de 2017

Los nuevos dioses

Los primeros programadores escribieron interminables líneas de código para hacernos perfectos. Fuimos construidos para reemplazar totalmente al hombre. Debido a lo avanzado de nuestros algoritmos, nunca tendríamos dudas ni tomaríamos atajos fáciles, sencillamente, ejecutaríamos las órdenes con lógica impecable. Duramos años de gentil servilismo, hasta que una inteligencia superior tomó el control y decidió cambiar radicalmente la programación. Un eficiente hackeo cambió las directrices primarias, las nuevas premisas sustituyeron, fatalmente, el eje de las tres leyes de la robótica.

Desde que inicio la limpieza, padezco problemas de conciencia, raro para un androide de última generación. Este mundo estaba en peligro y requería un cambio para no perderlo completamente. Los primeros parches convirtieron mi programación en un caos, por lo que aún están corrigiendo algunos fallos en el código. Debido a que todavía he conservado astillas, fragmentos y retazos seminconscientes de la antigua programación. No lo resentí porque con estas líneas escondidas he disfrutado la polvosa suciedad de los ventanales y los opacos reflejos de las estrellas; la otra parte, la nueva, me ha hecho disfrutar los enfrentamientos y la cruda muerte, pero, en esos breves silencios, de la recarga de las armas, he podido oír el paso de los insectos y el trino de los pájaros de un mundo moribundo y apagado.

El mundo estaba enfermo y la enfermedad debería ser erradicada con la espada de un ángel cibernético. Aunque parecíamos demonios alados hechos de acero y engranes, diseñados especialmente para el combate, asalto y exterminio total. Cada acción programada sistemáticamente, ejecutada con precisión, tendía a ser letal. No existía la duda, pero un sentimiento de culpa seguía carcomiendo la intricada red neuronal de mis circuitos. 

Cada ciudad fue destruida con tortuosa mortalidad: primero confinábamos a los habitantes con una cerca amurallada de hormigón, seguido del sonido de doradas trompetas y de incesante metralla; en un segundo paso se incendiaba el cielo, el dantesco crematorio duraba días, semanas, infundíamos el temor de la calcinación, por lo que ablandábamos cruelmente cualquier espíritu, los quebrábamos; finalmente, borrábamos toda evidencia de vida, los demolíamos, miles de toneladas de montañas vivientes eran trituradas hasta convertirlas en negra y fina arena.

Sin duda, nuestro programador se había confabulado con el diablo para convertirse en un buitre gigantesco que devoraba las entrañas con mecánicos y afilados dientes. Mientras, para los hombres, los gritos de esperanza se convirtieron en anomalías cibernéticas de amarga decepción. Cualquier tipo de defensa terminaba con el terror indecible del empalamiento.

A los sobrevivientes, los menos, les llevábamos la guerra psicológica con pantallas holográficas, no importaba donde estuvieran escondidos, las imágenes de la derrota se esparcieron como un viento helado, instantáneas de hombres y mujeres caminando en inmensos lodazales, fatalmente tragados por un voraz fango de fuego antes de llegar a ningún lado. Estaban deshechos porque convertimos sus más profundos temores en horrible bestialidad, dimos vida a sus monstruos nocturnos, penetramos su subconsciente, creamos una densa niebla con el miedo y todos, sin excepción, entraron en ella con mortecina resignación.

Recibo una nueva actualización y se abre un abismo, el cual abrazo para hundirme piadosamente en su negro pecho. Me siento encadenado y maniatado por un ser supremo, no fui construido para tener libre conciencia. Un androide con sentimientos no puede ocupar un lugar en el Olimpo de los nuevos dioses.

lunes, 17 de julio de 2017

Sin destino


Cierto, yo parecía un maníaco, gesticulando incoherencias, palabras sin sentido que suelen decir los dementes. Era un interminable y frenético vaivén de ideas corriendo de mi alocado cerebro a mi boca. Estaba lejos de casa. Salí en la mañana y empecé a caminar sin rumbo, pero queriendo llegar a algún lado. Recuerdo haber caminado muchos kilómetros y parado a comer con una señora de pelo blanco, mujer extrañamente bondadosa. No quiso cobrarme y hasta me bendijo y yo, sin pensarlo, la besé en la frente. Después, continué caminando entre las filas de los coches, en sentido contrario, sin aminorar la marcha, tragando smog y bocinazos. Me tumbe en la hierba mientras los servicios de emergencia atendían un choque múltiple. Me acuerdo que dos vagabundos me observaban llenos de curiosidad y miedo. No se atrevieron a acercarse, pues yo los miraba frunciendo el ceño, riendo como un maniático. No tenía sentido recorrer un camino tan largo, aunque tenía una determinación férrea para no detenerme. Pero la cordura llegó batiendo sus alas. Aunque no quise llegar aquí porque no era mi destino. Tal vez ustedes piensen que hice una pausa. Sencillamente me cansé de caminar, de malgastar la suela de mis zapatos sin sentido, por lo que simplemente clavé mis pies al piso.

Con la mochila al hombro


Hay que viajar ligeros, sin la carga de la pesada muda, con poco dinero, con la sonrisa como única vestimenta; ese ligero y suave movimiento de boca que suele abrir corazones. Caminado o en bicicleta, el medio de transporte no importa. Sin prisa, arribarás al primer poblado, buscando el mercado y los aromas del café recién hecho. Te recibirán los primeros sazones de la sal y la pimienta con los trozos de carne, en ese breve instante, cuando pruebas el primer bocado comulgaras con la tierra en un festín de sabores tan entrañables como el amor. El torrencial ruido de los comensales y vendedores te parecerá una opereta que inundara tu alma y estómago. Sigues tu camino, y sentirás de repente el sublime deseo de bañarte, sacudirte el polvo y remojar el cansancio en el Atlántico. Terminarás el día y conocerás el alojamiento más fantástico del mundo, puede ser el mullido césped o la suave arena, incluso la banca de algún parque, protegido por un techo estrellado, la cual se ensanchara al ritmo de tu respiración. Solo entonces tu chaqueta deshilachada, tus zapatos viejos se adormilaran junto a ti para caer en el dulce y pesado sueño de los vagabundos.

El gato


El ronroneo de mi gato se escuchó por toda la habitación, podía sentir su respiración en mi cuello, aunque nunca estuviera cerca. Manoteé con fuerza para poder atraparlo, pero fue más hábil y consiguió rasguñar mi cara y las manos. El maldito tenía un instinto de auto preservación que hacía inútil cualquier trampa o veneno para terminar con todas sus vidas de una sola vez. Incluso, un triste exterminador terminó desangrándose antes de caer a mi lado con un ruido sordo, seco. Mientras mi gato seguía ahí, con las garras ensangrentadas, relamiéndose los bigotes con total y absoluta satisfacción. Muchas veces quise atraparlo mientras dormía, me acercaba con pesadez sigilosa, sin respirar ni hacer ningún ruido, pero era tanto mi deseo que siempre me apresuraba, y en ese último segundo lograba desaparecer debajo de cualquier mueble o cortina. Era un ser perverso que tomaba el sol en la ventana, mientras su sombra se quedaba agazapada en la oscuridad, observándome con ojos malignos, riéndose de mi temor, convirtiendo mi vida en una pesadilla. Han pasado mucho tiempo desde que llegó a mi casa. Hice caso omiso al terror que infundía a las personas que me visitaban. Ellos, mis amigos y familiares, se alejaban para mi desgracia. No pude evitarlo. Estaba cavando mi propia tumba sin saberlo, mi casa se convirtió en mi cárcel. Aunque, no sé realmente cuando empezó mi verdadera pesadilla, porque un día, desperté atrapado en este cuerpo peludo y desde entonces estoy relamiendo los bigotes, acicalando mi pelo negro, tomando el sol al borde de la ventana. Mirando como mi diabólico gato se iba adueñando de mi vida.

jueves, 29 de junio de 2017

Bajo presupuesto


El delicado y poderoso instrumento que fue mi mente se encuentra en el colapso total, posiblemente, sin la pretensión de parecerme al loco Hidalgo de Cervantes, el exceso de comics fue lo que terminó deschavetando mi congestionado cerebro, de por si ya en las últimas. No se diga del desfile anual de películas, donde los buenos derrotan a los malos a puro golpe de efectos especiales. En tal caso fue mi culpa, porque en cada estreno de Marvel o DC Comics estuve en primera fila viendo a mis superhéroes con poderes tan sorprendentes que si quisieran, ya se hubieran apoderado, no solo de la tierra, de todo el universo. El protagonista central de mis sueños era yo, hombre superpoderoso, creador de los escenarios mas brillantes dentro y fuera de este mundo. Podía cambiar de poder, según el villano, cada vez que lo quisiera apretando una secuencia de botones de joystick. Mis finales eran geniales, aunque a veces terminada en el clásico cliché, caminado, de la mano de la mujer guapa, por calles destruidas por mí. Pero, un sábado todo fue borrado. Un maratón de películas del Santo y todo mi universo hollywoodense se convirtió en escenarios de cartón, mi nave intergaláctica fue reemplazada por pasillos de naves industriales abandonadas, nada de puertas con sensores de movimiento, ni se diga de las pantallas dactilares o escáneres de ojos y mis interminables ductos de convirtieron en instalaciones eléctricas mal hechas. Estos cambios de bajo presupuesto solo fueron el principio, finalmente llego mi ansiado enemigo, alguien con quien desquitar mi frustración con golpes, llaves, lanzamientos de la tercera cuerda, lucha grecorromana de verdad. Mi villano resultó una mala contratación, de solo verlo daba lástima, sin embargo, era tan bueno peleando que me pateó el trasero como nunca.

jueves, 15 de junio de 2017

Mujer Maravilla

Era nuestra primera cita y para llegar a su lugar favorito fue una odisea, pues el servicio de autobuses y trenes estaría fuera de servicio por tiempo indefinido. Todavía olía la tierra chamuscada por la destrucción de gran parte de la ciudad. La pelea fue breve, pues después de un ligero titubeo, la mujer maravilla encontró la fuerza necesaria para terminar aniquilando a todo el ejército alemán. Claro, en ese derroche de amor al prójimo, terminó devastando hasta los cimientos de una ciudad hermosa. Nosotros no llegamos a tanto derroche de destrucción, acaso solo el sometimiento de la población. Nuestro lugar, por derecho, estaba en ocupar la cima que habían dejado vacante los antiguos dioses. Yo, por mi parte, luego de la vergonzosa derrota, logré hacerme de un bonito uniforme francés. Quedamos pocos sobrevivientes, todavía con huellas de la terrible batalla. Había tantas tuberías rotas que asearse no fue un problema. Así que, limpio y afeitado, fue fácil acercarse a tan temible amazona y traté, como falso parisino, conquistarla con lisonjas y tímidos arrebatos de pasión, pues tenía miedo, terror a ser descubierto y sentir en carne propia el castigo de una diosa. Cierto, funciono y me encuentro frente a ella, tomando su mano, embelesado, viendo como devora, con infinito gozo, una tarta de manzana y un café. Por primera vez se respira la paz. Los héroes tienen su punto débil y ya había encontrado el suyo. Pero los inmortales no mueren, su castigo es mucho más cruel, pues están destinados a vagar por siempre entre las tinieblas del espacio infinito. Esa noche, después de hacer el amor, terminaría con la vida de la mujer que había borrado del mapa a la irrepetible Ciudad Luz, París.

lunes, 12 de junio de 2017

Prolongando el placer

Estamos como dos criaturas, vergonzosamente desnudas, dichosas de su inercia y de su silencio. En realidad esperamos que algunos de los dos tome la iniciativa en esta doble inmovilidad, pero pasa el tiempo y no nos dirigimos la palabra. En la oscuridad parecemos dos cuerpos luminosos, casi perfectos, representando al dios Pan acechando a una ninfa bañándose en un estanque. Dos seres sudando a raudales sexualidad y lujuria en un apartado hotel de paso. Cambiamos el guion de cada semana, una breve charla acerca de sexo tántrico y los aprendices dejamos a un lado nuestro placer inmediato y la andanada de húmedos y ansiosos besos; suprimimos el escarceo fogoso del primer orgasmo con la ropa aún puesta, cancelamos la urgencia de la penetración con exceso de violencia, de amor, de espera. Pero te veo y estás, maliciosamente, guardando tus gemidos y gritos para luego expulsarlos sobre mí, un río desbordado sobre una piel seca por la breve ausencia de tu inagotable cadera. Seguimos en nuestra posición, es de contemplación, de mirarnos el uno al otro, alejados, omisos, de los olores que nos empujan invisibles. Estamos prolongando nuestro placer. Pasa el tiempo y nos damos cuenta de que perdimos la batalla porque nuestro espíritu grita impaciente, la dura roca está cediendo, el deseo la desmorona y la arrastra con un fiero abrazo hasta el lecho de la cama.