Exhumación
Ustedes pensarán que ser un ladrón de tumbas es un trabajo sencillo, que es una tarea bien remunerada y que trae consigo enormes riquezas. No, no; es un trabajo arduo y poco lucrativo, pero de vez en cuando hay recompensas que sirven para ahogarse en alcohol y así poder olvidar la podredumbre de esta ciudad por un buen rato. Últimamente ya no entierran a sus difuntos con sus joyas ni con nada que valga la pena desenterrar. Pero hoy, un científico medio loco nos contrató para llevarle un cuerpo, con la advertencia de sacarlo sin hacerle nada, meterlo en una bolsa y sellarla completamente. Nos envió al Panteón Civil, al área más vetusta y olvidada, donde enterraban los cuerpos no identificados y que habían tenido una muerte extraña. Nos tomó poco tiempo hallar el ataúd; estaba a poca profundidad, pero al abrirlo, nos asombramos al encontrar un rostro rubicundo, apenas con un ligero color violáceo, con la boca entreabierta y los ojos desorbitados. Tenía una cuerda atada alrededor del cuello, la cual quitamos con sumo cuidado. Apenas fue liberado, tomó todo el aire que pudo y exhaló con una enorme satisfacción. Se levantó con tanta agilidad que caímos de espaldas sobre la tierra. Nos dio las gracias, sacó su cartera y nos arrojó un puñado de billetes. Fue tanto nuestro asombro que se nos olvidó el miedo. Así lo vimos alejarse de nosotros: cantando, brincando y maldiciendo. Al día siguiente nos enteramos de que nuestro científico medio loco fue encontrado estrangulado con la misma cuerda.

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