La casa
Nunca me ha gustado caminar por los barrios olvidados de Dios, así que cuando recibí la invitación para un evento cultural, lo pensé mucho. Me bajé del metro en la estación de La Merced y encaminé mis pasos por la calle Circunvalación. No niego que sintiera miedo, porque la gente de aquí tiene una forma extraña de mirar. Hasta parece que los edificios se inclinan para vigilarte, seguirte e intimidarte. Así que aceleré el paso y el corazón para llegar con el sudor frío a Manzanares.
En la entrada me recibió Marina como mi guía; ella comprobó mi invitación y me proporcionó un distintivo como invitado de honor. Me condujo hasta el patio y allí me di cuenta de que la atmósfera estaba viciada por sombras alargadas por la deficiente iluminación. Parecía que la penumbra invernal se hubiera detenido indefinidamente en un opresivo silencio.
—Esta casa es la más antigua de la ciudad; está construida con los materiales y las piedras de los templos y de las habitaciones de los señores de Tenochtitlán, y sí, también con la sangre de sus pobladores— me comentó Marina, sin dejar de mirarme.
—Tiyahuehqueh miquih, papalomeh hualmocuepah, tzoncuilih— se escuchó en repetidas ocasiones. Como si el sonido ambiental se hubiera atascado en una especie de bucle infinito, fue entonces cuando las palabras se hicieron eco y rebotaron hasta perderse entre el adobe y la piedra de las paredes.
—Es un problema con el equipo, que ya se había desgastado por el uso— me dijo Marina, y antes de que yo le hiciera alguna pregunta o comentario, anunció que el equipo audiovisual estaba listo para mostrarme una nueva experiencia en la divulgación cultural.
En el patio se proyectaron las imágenes de un grupo de indígenas, quienes estaban siendo masacrados por enormes mastines. Me quedé petrificado porque sentí cómo la sangre que salpicaba humedecía mi ropa. Los gritos de dolor rebotaban en las paredes, haciendo que el piso de tezontle temblara bajo mis pies. Los hologramas eran tan realistas que me sentí parte del espectáculo. «Pero al intentar localizar los proyectores y el equipo de sonido, no logré encontrarlos en ninguna parte». De pronto, un perro se abalanzó sobre mí con un hueso destrozado entre sus enormes mandíbulas para arrojarme contra la pared; no daba crédito a lo que había visto y sentido. Marina sonreía con desencaje mientras unas cuantas lágrimas le mojaban las trenzas.
Un grupo de frailes franciscanos apareció rezando, vestidos con túnicas desgastadas: “Nitlaneltoka in itech Dios Tetahtzin ixquichihuani, in oquiyocox in ilhuicatl ihuān in tlaltipactli”. “Ihuān in itech Iesu Christo itlazoichpotzin Totecuiyo”. Marina les gritó: !Hipócritas! En la mano derecha portaban el crucifijo, y con la mano izquierda doblegaban su espíritu a golpes. Siguieron marchando y sin moverse un centímetro, me atravesaron, y el frío helado de sus corazones me hizo desfallecer. Sentí sus huesos corroídos y la sangre circulando por órganos sostenidos por el aire.
—¡Y padescio so el poder de Poncio Pilato y fue crucificado, muerto, y sepultado: baxo alos Infiernos y al tercero dia resuscito de entre los muertos, subio a los Cielos y fuese a asentar a la diestra de Dios Padre todopoderoso, de adonde verna a juzgar a vivos y muertos!— me susurró el último fraile. Antes de que un viento gélido los elevara varios metros y luego los azotara varias veces contra el suelo, convirtiéndolos en un mar de sangre. Luego, las sombras se apoderaron del lugar una vez más.
—Esta casa alberga a cientos de almas, almas atrapadas entre sus paredes y que esperaban un perdón que nunca llegaría porque el daño que habían causado era irreparable— me comentó con tristeza Marina.
—¡Miquican coyomeh, ma amo yolizcuepa in palanyo!— seguía atónito a lo que escuchaba, era claramente una especie de grito de guerra. No pude evitar estremecerme al ver a un grupo de guerreros levantar sus palos de madera con una especie de piedras negras sumamente afiladas. Ellos elevaron la vista al cielo como si estuvieran agradeciendo a sus dioses, hicieron una reverencia y se transformaron en mariposas de mil colores. Las sombras grises de su vuelo recorrieron todo el patio y se fueron perdiendo en una especie de susurro constante que hería más que una navaja.
Me senté para recuperar las fuerzas y el valor perdidos. Fue entonces cuando me dijo, muy solemnemente, que “Mictlantecuhtli” y “Mictecacíhuatl” me habían concedido el permiso de caminar por el “Panehecayan” y que las almas se materializaran a ras del suelo para que las pudiera tocar.
Tan ensimismado estaba en mis pensamientos que no me di cuenta del mutis de Marina. Empecé a sentir náuseas, entrecerré los ojos para tratar de salir de esta pesadilla. Las sombras se alargaron para levantarme con una fuerza sobrenatural. Entonces, miré al cielo y vi una enorme cantidad de constelaciones que nunca antes había visto. Bajé la mirada y un grupo de monjas rezaba con el escapulario desgranándose entre sus descarnados dedos; el velo no alcanzaba a cubrir la dualidad humana de luz y sombra de sus rostros marcados por la viruela. Un sendero de agua negra se abrió bajo sus pies y se hundieron a un ritmo tan lento como su fe. Sus gritos se perdieron entre el silencio y la niebla.
En el centro del patio apareció un enorme ahuehuete que obstruía la entrada a una cueva. Allí permanecía un hombre semienterrado, vestido con media armadura de acero y una amplia gorra de terciopelo con plumas. Estaba rodeado por los esqueletos de jaguares, águilas y serpientes de cascabel; las máscaras de jade y las figuras de obsidiana relucían ante ese panorama tan abrumadoramente desolador. En ese momento sentí dolor. Al volverme, vi la figura de Marina, que llevaba una máscara roja, abriéndome el pecho con un cuchillo de pedernal; no grité ni blasfemé, solo miré incrédulo cómo mi corazón dejaba de latir entre sus manos.

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