El testamento
Perdí la visión por un breve lapso de tiempo. Los flashes de los fotógrafos hirieron mis ojos con fuerza. No recuerdo bien las palabras que utilicé para tratar de justificar mi fracaso. Mi intención era dar un mensaje de esperanza para sobrellevar la tragedia.
No los engañé con mis altas expectativas. Lo que prometí tenía un objetivo, el cual era concebir una nueva generación de hombres increíblemente perfectos. No fue el resultado de extensos estudios genéticos; por el contrario, como muchas cosas fortuitas, fue la serendipia propia del destino. Todo empezó cuando encontramos diecinueve tablillas de arcilla en una cueva de la región boscosa de Arcadia. La traducción llevó tiempo debido a lo antiguo del griego micénico. Cuando logramos traducir los primeros párrafos, la promesa contenida en la siguiente frase nos hechizó por completo: “Cada vez que nazca un ser predestinado a la superioridad, el soplo de la vida debe durar exactamente dieciocho segundos”. Lo que hallamos era un manuscrito con instrucciones precisas para traer al mundo seres con capacidades biomecánicas excepcionales.
Me impresionó la naturalidad con la que vinculaban conceptos científicos y la sabiduría de la medicina tradicional de las brujas. Todo ese conocimiento perdido encajaba como un rompecabezas. El uso de plantas y elementos naturales se fusionaba con increíble facilidad en el desarrollo de nuevos postulados médicos y biológicos, por lo que siguieron días de soledad laboriosa y monacal. Estábamos a punto de cambiar la esperanza de vida de la raza humana; era la promesa de un nuevo comienzo.
Durante veintidós meses estuvimos buscando y seleccionando mujeres con una anomalía latente en el cromosoma 26. Era una anormalidad presente en las descendientes directas de brujas, sangomas, mikos, babaylan, machis y tlamatinis. Fue un periodo intenso, no lo niego. Miles de cromosomas fueron analizados y logramos agruparlos en doce grupos de cuarenta cada uno.
Para la inseminación tuvimos que trasladarnos hasta una clínica ubicada en la Patagonia. El proceso debería realizarse durante el solsticio de verano del hemisferio sur. Siguiendo las instrucciones de las tablillas, el líquido utilizado para la fertilización lo hallamos en una vasija escondida en una cueva en las inmediaciones del monte Parnaso. Usamos las primeras gotas de lluvia del equinoccio de primavera para generar una especie de plasma seminal. En nuestros laboratorios logramos revivir lo que parecían espermatozoides con el genoma de ADN más completo y complejo que hayamos estudiado.
La gestación debería durar exactamente treinta y nueve semanas, por lo que todo el proceso estaba clínicamente programado. Para cuidar su alimentación, cultivamos extensos huertos orgánicos. El agua que utilizábamos y bebíamos era transportada desde el lago Baikal. Las gestantes estaban bajo observación continua. Los cuerpos de las mujeres, grávidos por la gestación, se desarrollaban con normalidad. El único inconveniente fue la falta de placas de ultrasonidos y ecocardiografías, pues las imágenes resultaban borrosas e inservibles. Nos tuvimos que conformar con los resultados de los estudios clínicos.
El equinoccio de septiembre llegó resplandeciente y, sin motivo previsto, las alarmas empezaron a sonar descontroladamente. Algo grave estaba sucediendo. Los dolores de parto empezaron a presentarse en todas las mujeres. Las salas se llenaron de sábanas y cuerpos a punto de engendrar vida. Entre maldiciones, los médicos obstetras y enfermeras trataban de comprender lo que estaba ocurriendo. El 22 de septiembre a las 7:26 de la mañana, la Tierra inició su alineación perfecta con el ecuador; el otoño del norte y el invierno del sur estaban comenzando. Un segundo después, todo el hospital estaba consumido por el pánico, y bajo esa locura colectiva, llena de miedo, las parturientas gritaban con voz ahogada: “El sueño de los inocentes será interrumpido; un fuego incontrolable que todo arrasa está a punto de insuflar muerte”.
Alrededor de cada cama, una niebla gélida dejaba un vendaval de muertos y moribundos. En ese momento, los vientres de las parturientas se abrieron y una luz blanca y cegadora inundó todo a su alrededor. No se abrieron paso al mundo los esperados recién nacidos. En su lugar, en un período de dieciocho segundos, de los vientres hinchados saltaron veintidós seres luminosos de torsos poderosamente musculosos, con cuernos y patas de cabra que brillaban al ser tocados por la luz otoñal. En sus ojos se notaba tal inteligencia que no pudimos percibir el odio que emanaban.
Alzaron el vuelo rompiendo ventanales y techos hacia el color rojizo y ocre del cielo. Como antiguos soldados, formaron una perfecta falange de guerra. Empezaron a arrojar con vehemencia profética infinidad de flechas que infectaron como una plaga la superficie de la tierra. Innumerables y diminutos eurínomos brotaban incansables. Dementes demonios se despojaban de la piel azul negruzca y se lanzaban como bolas de fuego a todo ser vivo y muerto. Los afectados corrían rebosantes de sangre y terminaban agotados con enfermedades antiguas de ganglios hinchados. Los cuerpos eran apilados, desmembrados y rotos hasta que la putrefacción cedía el paso a la benevolente muerte.
Desde lo alto, los hijos de Pan me hicieron una leve reverencia y me sonrieron burlonamente, y yo les devolví la cortesía con alegría y miedo. Creímos, por ignorancia y mesianismo, en la palabra de un vengativo Dios.

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