miércoles, 14 de octubre de 2026

Exhumación

Ustedes pensarán que ser un ladrón de tumbas es un trabajo sencillo, que es una tarea bien remunerada y que trae consigo enormes riquezas. No, no; es un trabajo arduo y poco lucrativo, pero de vez en cuando hay recompensas que sirven para ahogarse en alcohol y así poder olvidar la podredumbre de esta ciudad por un buen rato. Últimamente ya no entierran a sus difuntos con sus joyas ni con nada que valga la pena desenterrar. Pero hoy, un científico medio loco nos contrató para llevarle un cuerpo, con la advertencia de sacarlo sin hacerle nada, meterlo en una bolsa y sellarla completamente. Nos envió al Panteón Civil, al área más vetusta y olvidada, donde enterraban los cuerpos no identificados y que habían tenido una muerte extraña. Nos tomó poco tiempo hallar el ataúd; estaba a poca profundidad, pero al abrirlo, nos asombramos al encontrar un rostro rubicundo, apenas con un ligero color violáceo, con la boca entreabierta y los ojos desorbitados. Tenía una cuerda atada alrededor del cuello, la cual quitamos con sumo cuidado. Apenas fue liberado, tomó todo el aire que pudo y exhaló con una enorme satisfacción. Se levantó con tanta agilidad que caímos de espaldas sobre la tierra. Nos dio las gracias, sacó su cartera y nos arrojó un puñado de billetes. Fue tanto nuestro asombro que se nos olvidó el miedo. Así lo vimos alejarse de nosotros: cantando, brincando y maldiciendo. Al día siguiente nos enteramos de que nuestro científico medio loco fue encontrado estrangulado con la misma cuerda. 

 

Familiares

Todos tenemos demonios familiares que nos visitan en estas fechas y, para reconocerlos cuando tocan a la puerta e invitarlos a pasar, colocamos en antiquísimos altares paganos fotos para reconstruir sus imágenes apagadas por el tiempo. No llegan en silencio; todo lo contrario: nos susurran con propósitos demenciales frases ininteligibles que nos hacen dudar de nuestra propia cordura. Nos hieren con dientes afilados cada vez que quieren. Son criaturas invisibles que se arrastran debajo de la cama. Son traviesos agresores que agitan nuestra imaginación para que despertemos llenos de pánico. En casa tomamos estos inconvenientes con resignación. Por lo menos este año parece que son familia. La temporada pasada nos invadió un mal espíritu, de esos que hacen ruidos y voces desagradables, y que te hacen la vida imposible porque se posesionan de forma demoníaca de ti. 

El carrusel

Me detuve para ver la pelea más reñida y estúpida por darle una mordida al último algodón de azúcar. Eran unos diez chiquillos que pelaban con mordiscos y alguno que otro golpe bajo, para conseguir un pellizco del pegajoso dulce. Sus caras, manos y cabellos (revueltos en desorden) terminaron embarrados por una especie de nauseabunda masa azul-negra. Eso no les importó porque subieron en tropel al carrusel más deteriorado que he visto. Pero lo más extraño es que noté que en cada vuelta los caballos subían y bajaban dejando un asiento vacío, hasta que finalmente se detuvo la atracción sin ningún niño a bordo. Solo las manchas casi azules, casi negras, quedaron como mudos testigos en las crines de los caballitos de madera.

Una historia de fantasmas

Toda historia de misterio empieza con una mentira, y el papel que desempeña cada personaje de esta trama contribuye a hacerla completamente verosímil. Para eso basta tener a un elocuente timador, sin nada que perder, y la complicidad de muchos testigos, con celulares en mano, que documentaran partes de la escenificación con cientos de videos. Entonces, empiezo con mi historia. Érase una vez en una antigua mansión, con años de abandono, donde vivía en completa pobreza el nieto de un empresario que terminó sus últimos años en bancarrota. El nieto había heredado la construcción más ostentosa y costosa de la ciudad, pero no tenía medios económicos para mantenerla. Por lo que decidió realizar un espectáculo lúgubre en el salón principal, con la iluminación del ocaso otoñal (de naranjas espectaculares) entrando por sus enormes ventanales. El morbo del ilustre apellido atrajo la atención de los medios electrónicos, pero todo sería transmitido a través de las redes sociales, con sus respectivos y altísimos pagos por exclusividad. Al final, la ansiedad y el debut del incipiente principiante malograron el clímax y convirtieron la obra maestra en una autoinmolación; fue difícil determinar las causas, entraría en el campo de las especulaciones y creo que no es la finalidad de este cuento. La casa se incendió con todo adentro y cuentan los dueños del misterio paranormal que un fantasma de alto abolengo recorre los límites de la propiedad, alejando a mirones y chismosos con estruendosos gritos—. Solo que la historia no termina aquí. El nieto del ilustre apellido vive cómodamente en algún paraíso vacacional, disfrutando el dinero del seguro y de las entradas cobradas por el montaje y la escenificación del drama familiar. Mientras un inocente y crédulo camarógrafo se quedó espantando a los miles de fanáticos de las historias de terror.

La casa

Nunca me ha gustado caminar por los barrios olvidados de Dios, así que cuando recibí la invitación para un evento cultural, lo pensé mucho. Me bajé del metro en la estación de La Merced y encaminé mis pasos por la calle Circunvalación. No niego que sintiera miedo, porque la gente de aquí tiene una forma extraña de mirar. Hasta parece que los edificios se inclinan para vigilarte, seguirte e intimidarte. Así que aceleré el paso y el corazón para llegar con el sudor frío a Manzanares. 

 

En la entrada me recibió Marina como mi guía; ella comprobó mi invitación y me proporcionó un distintivo como invitado de honor. Me condujo hasta el patio y allí me di cuenta de que la atmósfera estaba viciada por sombras alargadas por la deficiente iluminación. Parecía que la penumbra invernal se hubiera detenido indefinidamente en un opresivo silencio.

 

—Esta casa es la más antigua de la ciudad; está construida con los materiales y las piedras de los templos y de las habitaciones de los señores de Tenochtitlán, y sí, también con la sangre de sus pobladores— me comentó Marina, sin dejar de mirarme. 

 

—Tiyahuehqueh miquih, papalomeh hualmocuepah, tzoncuilih— se escuchó en repetidas ocasiones. Como si el sonido ambiental se hubiera atascado en una especie de bucle infinito, fue entonces cuando las palabras se hicieron eco y rebotaron hasta perderse entre el adobe y la piedra de las paredes.

 

—Es un problema con el equipo, que ya se había desgastado por el uso— me dijo Marina, y antes de que yo le hiciera alguna pregunta o comentario, anunció que el equipo audiovisual estaba listo para mostrarme una nueva experiencia en la divulgación cultural.  

 

En el patio se proyectaron las imágenes de un grupo de indígenas, quienes estaban siendo masacrados por enormes mastines. Me quedé petrificado porque sentí cómo la sangre que salpicaba humedecía mi ropa. Los gritos de dolor rebotaban en las paredes, haciendo que el piso de tezontle temblara bajo mis pies. Los hologramas eran tan realistas que me sentí parte del espectáculo. «Pero al intentar localizar los proyectores y el equipo de sonido, no logré encontrarlos en ninguna parte». De pronto, un perro se abalanzó sobre mí con un hueso destrozado entre sus enormes mandíbulas para arrojarme contra la pared; no daba crédito a lo que había visto y sentido. Marina sonreía con desencaje mientras unas cuantas lágrimas le mojaban las trenzas.

 

Un grupo de frailes franciscanos apareció rezando, vestidos con túnicas desgastadas: “Nitlaneltoka in itech Dios Tetahtzin ixquichihuani, in oquiyocox in ilhuicatl ihuān in tlaltipactli”. “Ihuān in itech Iesu Christo itlazoichpotzin Totecuiyo”. Marina les gritó: !Hipócritas! En la mano derecha portaban el crucifijo, y con la mano izquierda doblegaban su espíritu a golpes. Siguieron marchando y sin moverse un centímetro, me atravesaron, y el frío helado de sus corazones me hizo desfallecer. Sentí sus huesos corroídos y la sangre circulando por órganos sostenidos por el aire. 

 

—¡Y  padescio  so  el  poder  de  Poncio  Pilato  y  fue  crucificado,  muerto,  y  sepultado:  baxo  alos  Infiernos  y  al  tercero dia resuscito de entre los muertos, subio a los Cielos y fuese a asentar a la diestra de Dios Padre todopoderoso, de adonde verna a juzgar a vivos y muertos!— me susurró el último fraile. Antes de que un viento gélido los elevara varios metros y luego los azotara varias veces contra el suelo, convirtiéndolos en un mar de sangre. Luego, las sombras se apoderaron del lugar una vez más.

 

—Esta casa alberga a cientos de almas, almas atrapadas entre sus paredes y que esperaban un perdón que nunca llegaría porque el daño que habían causado era irreparable— me comentó con tristeza Marina.

 

—¡Miquican coyomeh, ma amo yolizcuepa in palanyo!— seguía atónito a lo que escuchaba, era claramente una especie de grito de guerra. No pude evitar estremecerme al ver a un grupo de guerreros levantar sus palos de madera con una especie de piedras negras sumamente afiladas. Ellos elevaron la vista al cielo como si estuvieran agradeciendo a sus dioses, hicieron una reverencia y se transformaron en mariposas de mil colores. Las sombras grises de su vuelo recorrieron todo el patio y se fueron perdiendo en una especie de susurro constante que hería más que una navaja.

 

Me senté para recuperar las fuerzas y el valor perdidos. Fue entonces cuando me dijo, muy solemnemente, que “Mictlantecuhtli” y “Mictecacíhuatl” me habían concedido el permiso de caminar por el “Panehecayan” y que las almas se materializaran a ras del suelo para que las pudiera tocar.

 

Tan ensimismado estaba en mis pensamientos que no me di cuenta del mutis de Marina. Empecé a sentir náuseas, entrecerré los ojos para tratar de salir de esta pesadilla. Las sombras se alargaron para levantarme con una fuerza sobrenatural. Entonces, miré al cielo y vi una enorme cantidad de constelaciones que nunca antes había visto. Bajé la mirada y un grupo de monjas rezaba con el escapulario desgranándose entre sus descarnados dedos; el velo no alcanzaba a cubrir la dualidad humana de luz y sombra de sus rostros marcados por la viruela. Un sendero de agua negra se abrió bajo sus pies y se hundieron a un ritmo tan lento como su fe. Sus gritos se perdieron entre el silencio y la niebla. 

 

En el centro del patio apareció un enorme ahuehuete que obstruía la entrada a una cueva. Allí permanecía un hombre semienterrado, vestido con media armadura de acero y una amplia gorra de terciopelo con plumas. Estaba rodeado por los esqueletos de jaguares, águilas y serpientes de cascabel; las máscaras de jade y las figuras de obsidiana relucían ante ese panorama tan abrumadoramente desolador. En ese momento sentí dolor. Al volverme, vi la figura de Marina, que llevaba una máscara roja, abriéndome el pecho con un cuchillo de pedernal; no grité ni blasfemé, solo miré incrédulo cómo mi corazón dejaba de latir entre sus manos.

domingo, 4 de octubre de 2026

El amigo imaginario

Con la luz encendida me sentía, de alguna forma, acompañado; así, la oscuridad no me aplastaría con su enorme desamparo. Había sido una mañana de juegos, por lo que la excitación y el cansancio nos condujeron a la cama. Mi amigo era aficionado a las arañas y cada vez que podía las atrapaba y las encerraba en frascos de colores. Yo, en cambio, siempre les tuve terror y cada vez que podía tiraba los frascos para liberarlas. Las veía subir a las esquinas y quedarse ahí, inmóviles, multiplicando nuestra imagen tantas veces que daba miedo vernos reflejados en sus ojos. Por lo menos hoy nos dejaron tranquilos; pudimos trepar, saltar y arrastrarnos por toda la casa. No querían aceptar que tuviera un amigo imaginario. Pero hoy habían reducido las drogas como un obsequio por ser el día de su cumpleaños. Aun así, no habían notado la espantosa palidez de su piel ni la tos persistente que le sacudía su pobre cuerpo. El malestar lo hizo sentarse en el borde de la cama. Me miró por un momento como para refugiarse en un recuerdo agradable. Estaba fatigado y solo pudo confiarme su último pensamiento. «Gracias», susurró con voz infantil, para cerrar para siempre los ojos. Lo abracé tiernamente y me deslicé como una voluta de humo hacia otra casa donde hubiera otro niño que quisiera jugar conmigo.

jueves, 13 de agosto de 2026

El testamento

Perdí la visión por un breve lapso de tiempo. Los flashes de los fotógrafos hirieron mis ojos con fuerza. No recuerdo bien las palabras que utilicé para tratar de justificar mi fracaso. Mi intención era dar un mensaje de esperanza para sobrellevar la tragedia.

No los engañé con mis altas expectativas. Lo que prometí tenía un objetivo, el cual era concebir una nueva generación de hombres increíblemente perfectos. No fue el resultado de extensos estudios genéticos; por el contrario, como muchas cosas fortuitas, fue la serendipia propia del destino. Todo empezó cuando encontramos diecinueve tablillas de arcilla en una cueva de la región boscosa de Arcadia. La traducción llevó tiempo debido a lo antiguo del griego micénico. Cuando logramos traducir los primeros párrafos, la promesa contenida en la siguiente frase nos hechizó por completo: “Cada vez que nazca un ser predestinado a la superioridad, el soplo de la vida debe durar exactamente dieciocho segundos”. Lo que hallamos era un manuscrito con instrucciones precisas para traer al mundo seres con capacidades biomecánicas excepcionales.

Me impresionó la naturalidad con la que vinculaban conceptos científicos y la sabiduría de la medicina tradicional de las brujas. Todo ese conocimiento perdido encajaba como un rompecabezas. El uso de plantas y elementos naturales se fusionaba con increíble facilidad en el desarrollo de nuevos postulados médicos y biológicos, por lo que siguieron días de soledad laboriosa y monacal. Estábamos a punto de cambiar la esperanza de vida de la raza humana; era la promesa de un nuevo comienzo.

Durante veintidós meses estuvimos buscando y seleccionando mujeres con una anomalía latente en el cromosoma 26. Era una anormalidad presente en las descendientes directas de brujas, sangomas, mikos, babaylan, machis y tlamatinis. Fue un periodo intenso, no lo niego. Miles de cromosomas fueron analizados y logramos agruparlos en doce grupos de cuarenta cada uno.

Para la inseminación tuvimos que trasladarnos hasta una clínica ubicada en la Patagonia. El proceso debería realizarse durante el solsticio de verano del hemisferio sur. Siguiendo las instrucciones de las tablillas, el líquido utilizado para la fertilización lo hallamos en una vasija escondida en una cueva en las inmediaciones del monte Parnaso. Usamos las primeras gotas de lluvia del equinoccio de primavera para generar una especie de plasma seminal. En nuestros laboratorios logramos revivir lo que parecían espermatozoides con el genoma de ADN más completo y complejo que hayamos estudiado.

La gestación debería durar exactamente treinta y nueve semanas, por lo que todo el proceso estaba clínicamente programado. Para cuidar su alimentación, cultivamos extensos huertos orgánicos. El agua que utilizábamos y bebíamos era transportada desde el lago Baikal. Las gestantes estaban bajo observación continua. Los cuerpos de las mujeres, grávidos por la gestación, se desarrollaban con normalidad. El único inconveniente fue la falta de placas de ultrasonidos y ecocardiografías, pues las imágenes resultaban borrosas e inservibles. Nos tuvimos que conformar con los resultados de los estudios clínicos.

El equinoccio de septiembre llegó resplandeciente y, sin motivo previsto, las alarmas empezaron a sonar descontroladamente. Algo grave estaba sucediendo. Los dolores de parto empezaron a presentarse en todas las mujeres. Las salas se llenaron de sábanas y cuerpos a punto de engendrar vida. Entre maldiciones, los médicos obstetras y enfermeras trataban de comprender lo que estaba ocurriendo. El 22 de septiembre a las 7:26 de la mañana, la Tierra inició su alineación perfecta con el ecuador; el otoño del norte y el invierno del sur estaban comenzando. Un segundo después, todo el hospital estaba consumido por el pánico, y bajo esa locura colectiva, llena de miedo, las parturientas gritaban con voz ahogada: “El sueño de los inocentes será interrumpido; un fuego incontrolable que todo arrasa está a punto de insuflar muerte”.

Alrededor de cada cama, una niebla gélida dejaba un vendaval de muertos y moribundos. En ese momento, los vientres de las parturientas se abrieron y una luz blanca y cegadora inundó todo a su alrededor. No se abrieron paso al mundo los esperados recién nacidos. En su lugar, en un período de dieciocho segundos, de los vientres hinchados saltaron veintidós seres luminosos de torsos poderosamente musculosos, con cuernos y patas de cabra que brillaban al ser tocados por la luz otoñal. En sus ojos se notaba tal inteligencia que no pudimos percibir el odio que emanaban.

Alzaron el vuelo rompiendo ventanales y techos hacia el color rojizo y ocre del cielo. Como antiguos soldados, formaron una perfecta falange de guerra. Empezaron a arrojar con vehemencia profética infinidad de flechas que infectaron como una plaga la superficie de la tierra. Innumerables y diminutos eurínomos brotaban incansables. Dementes demonios se despojaban de la piel azul negruzca y se lanzaban como bolas de fuego a todo ser vivo y muerto. Los afectados corrían rebosantes de sangre y terminaban agotados con enfermedades antiguas de ganglios hinchados. Los cuerpos eran apilados, desmembrados y rotos hasta que la putrefacción cedía el paso a la benevolente muerte.

Desde lo alto, los hijos de Pan me hicieron una leve reverencia y me sonrieron burlonamente, y yo les devolví la cortesía con alegría y miedo. Creímos, por ignorancia y mesianismo, en la palabra de un vengativo Dios.